20 de octubre de 2011

Una infancia desvelada

Dijo Jacinto Benavente que “los recuerdos tienen más poesía que las esperanzas”. Quizá por eso Ana María Matute nos invita en su novela ‘Paraíso inhabitado’ a viajar a través de la memoria hasta ese mágico lugar llamado infancia. De la mano de Adriana nos sumerge en un universo en el que hasta los unicornios buscan refugio bajo las estrellas que se reflejan a escondidas en la lámpara del salón. Y lo hace sin el velo con el que el idealismo suele cubrir esa etapa de nuestras vidas que la memoria adorna a su antojo.

Sí, porque no debe ser nada fácil nacer cuando tus padres ya ni siquiera se quieren ni que, de la noche a la mañana, te arrebaten del trono en el que te sientas en una realidad paralela de cacerolas, comadreo y leyendas populares para llevarte a un aburrido salón, que ya tiene princesa, como le sucede a la pequeña protagonista que, pese a su edad, tiene mucho que enseñar al lector.

Como si de una tabla de salvación se tratase, un 'ángel', un niño ruso, se cuela en su vida y la desmonta, mostrándola que lo que de verdad importa está debajo de la piel en forma de amistad y amor. Y esta especie de truco de magia permanecerá en su memoria cuando cruce la línea e, inevitablemente, como todos, deba hacerse mayor.

La escritora catalana ha escrito, con el estilo delicado y sincero al que nos tiene acostumbrados, uno de esos libros que consiguen quedarse contigo, incluso mucho tiempo después de haber llegado al punto y final y haber cerrado sus tapas, con una punzada en el corazón al descubrir que, aunque nos empeñemos, quizá los unicornios no vuelvan.

14 de octubre de 2011

27 de septiembre de 2011

Cuando Pipi encontró a Anika

Yo buscaba a alguien que consiguiera quererme cuando más me equivocase. Entonces apareció ella.

22 de septiembre de 2011

La magia de la rutina

Juanjo Millás lo ha vuelto a hacer. Ha conseguido que ayer mirase al taxista que paró a mi lado en el semáforo de la Plaza de Cataluña para ver si entre sus manos llevaba ‘La crítica de la razón pura’, de Kant; que observe atenta a los maniquíes de Zara, no vaya a ser que también suden; que me fije en si las mujeres de mi oficina están dentro de una burbuja o si el humo que sale de mi cigarrillo no es más que una adolescente traviesa.

Y todo eso, gracias a ‘Los objetos nos llaman’, una selección de sus mejores cuentos, donde, como ya nos tiene acostumbrados, la realidad se mezcla con los sueños para presentarnos unas situaciones absurdas, tiernas, románticas, misteriosas, cargadas, en muchas ocasiones, de humor e ironía.

Es indudable que el autor es uno de esos magos que consiguen transformar la realidad a través de sus letras con olor y sabor a surrealismo que se convierten en realismo mágico cuando las paladeas disfrutándolas mientras miras de reojo el bote de la lapiceros que está encima de la mesa, no vaya a ser que tampoco sea lo que parece.

Y es que, que te enseñen a buscar la magia donde no hay más que rutina, no tiene precio. Por eso, los amantes de la lectura somos tan afortunados, porque, de manera inesperada, podemos convertirnos en los protagonistas de un relato. Sólo hay que estar bien atento.

13 de septiembre de 2011

El final de un hombre sin nombre

“La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre”. Éste es probablemente el pensamiento más demoledor del protagonista sin nombre de ‘Elegía’, uno de los mejores trabajos de Philip Roth, el referente indiscutible del panorama literario actual.

Como si de una crónica de una muerte anunciada se tratase, el lector asiste en las primeras páginas de la novela al entierro de un hombre, paradigma del ser humano contemporáneo, que se resiste a olvidar quién fue cuando se convierte en lo que nunca quiso ser. De hecho, la obra, cuyo título en inglés es ‘Everyman’, hace referencia a un drama inglés homónimo, escrito en el siglo XV, cuyo epicentro es la evocación de la vida en muerte.

Así, a lo largo de sus 150 páginas el fallecido, en otro tiempo publicista de éxito en Nueva York, reflexiona en soledad sobre los problemas que nos acechan: la marca indeleble que la infancia y la juventud deja en nuestras futuras acciones; el desarraigo familiar, a través de las relaciones desiguales con sus tres hijos y sus tres ex mujeres; las pulsiones sexuales, mediante las cuales la pluma de Roth consigue un erotismo exquisito que, por momentos, invita sutilmente a leer con una sola mano; la añoranza del tiempo pasado, que la memoria se empeña en adornar; la decadencia del ser humano; el dolor, tanto físico como moral, mucho más desgarrador; y un clásico, el miedo a la muerte .

Con una admirable sencillez estilística, las pinceladas líricas ya las pone la propia historia, una biografía del declive, Roth nos presenta un personaje que podríamos ser cualquiera, cuando dejemos de formar parte del eslabón de la cadena capitalista de esta sociedad que, en ocasiones, nos trata como meros objetos de producción. Quizá después de leer este libro, nos animemos a batallar para no dejar que nos masacren, pero ésta es otra historia que poco o nada que ver con la belleza literaria. Afortunadamente.

12 de septiembre de 2011

Animales heridos

Te quiero. Te voy a querer siempre. Y después también.
No lo creo. No se quiere a las mascotas después de que te atacan y te dejan una cicatriz de trece puntos en el brazo izquierdo.

2 de septiembre de 2011

Un verano en el centro

“En el centro de nuestras vidas hubo un verano. Un poeta que no escribió ningún verso, una piscina de cuyo trampolín saltaba un enano con ojos de terciopelo y un hombre al que una noche se lo llevaron a las nubes. Los días cayeron sobre nosotros como árboles cansados”.

Pura poesía. Con ella me encontré en el centro de mi vida, en aquél verano que lo cambió todo, el mismo en que cayó en mis manos –me gusta pensar que de manera no casual– ‘El camino de los ingleses’, de Antonio Soler. Una obra hermosa, donde la prosa juguetea con el lirismo más sensible para describir, de manera profundamente psicológica, la gran aventura de saltar hacia la madurez, reflexionando sobre el amor, la muerte, los sueños, la esperanza, el sexo.

Es curioso cómo hay libros que aparecen cuando deben aparecer para acompañarnos en el camino, convirtiéndose en una especie de terapia que nos reconforta. En este caso, cuando arrancó “el verano a la orilla de una vida y de un verano”, cuando descubrí que mi “corazón puede ser una casa vacía o una acera por donde sólo de tarde en tarde pasa la fortuna”.

Y caminando por ella conocí a Miguelito Dávila, el Babirusa, Beatrice, o Luli Gigante, la Cuerpo, la Señorita del Casco Cartaginés… Personajes, grandiosos todos ellos, que no serían quienes son sin esa visión poética de la realidad. Salvados por la poesía del narrador –gracias, Antonio– que los aleja de la desesperanza. Con ellos lloré de manera tan bonita que cuando llegué al final, volví al principio de aquel verano, el del centro de sus vidas, el del centro de la mía. Y a ellos regreso cuando algo se tambalea, porque “los sueños se pueden quedar en el mundo de los sueños, pero tú y yo no, tú y yo no”.

20 de agosto de 2011

Zapatos rotos

El día que rompió el tacón de uno de sus zapatos rojos, Dorothy perdió el camino de Kansas, pero encontró uno mejor.

12 de agosto de 2011

El búnker anti-fealdad

Aquella buhardilla de la Cava Baja fue, durante mucho tiempo, el escenario al que nunca me subiré por miedo a fracasar como actriz después de fracasar, en apenas 30 años, como periodista, como escritora, como hermana, como mujer, como amiga, como niña, como hija, como amante...

Esos 25 metros cuadrados —el submarino lo llamábamos, recuerdas?— se convirtieron en mi refugio secreto, en el único lugar de esta ciudad en la que defenderse de la mediocridad. Nada de lo que allí hacíamos era mediocre, aunque para eso hubiera que actuar. Si cocinaba para ti, me convertía en la amantísima ama de casa de los 50, capaz de pelar cebollas sin que se me corriese el rímel; si veíamos una película, siempre en versión original y sin dirigirnos la palabra hasta que no terminaba, entonces hablábamos de fotografía, de la profundidad del guión o de cómo se nos encogía el estómago cuando el niño se cae por la ventana mientras los padres se lo montan en la ducha; si follábamaos, imitaba a Sasha Grey hasta que me dolía la garganta. Todo tenía que ser perfecto. No me permitía ni por un momento convertirme allí, en mi búnker anti-fealdad, en una de ellos, en una mediocre que come platos preparados, mira telenovelas o se deja penetrar en la postura del misionero.

El día que me dijiste que era hora de mejorar, que te ahogabas en un espacio tan pequeño, que querías convertirte en propietario, supe que algo iba a cambiar. En cuanto nos mudamos al piso de 70 metros con terraza y suelos de parqué dejamos espacio a la mediocridad para que se colase entre nosotros. Hoy me he sorprendido metiendo una lasaña congelada en el horno, viendo 'Supervivientes' y tumbándome en la cama con las piernas abiertas. Sin numeritos. Sin cuerdas. Sin azotes. Hemos muerto. Nos ha matado la normalidad.