27 de septiembre de 2011

22 de septiembre de 2011

La magia de la rutina

Juanjo Millás lo ha vuelto a hacer. Ha conseguido que ayer mirase al taxista que paró a mi lado en el semáforo de la Plaza de Cataluña para ver si entre sus manos llevaba ‘La crítica de la razón pura’, de Kant; que observe atenta a los maniquíes de Zara, no vaya a ser que también suden; que me fije en si las mujeres de mi oficina están dentro de una burbuja o si el humo que sale de mi cigarrillo no es más que una adolescente traviesa.

Y todo eso, gracias a ‘Los objetos nos llaman’, una selección de sus mejores cuentos, donde, como ya nos tiene acostumbrados, la realidad se mezcla con los sueños para presentarnos unas situaciones absurdas, tiernas, románticas, misteriosas, cargadas, en muchas ocasiones, de humor e ironía.

Es indudable que el autor es uno de esos magos que consiguen transformar la realidad a través de sus letras con olor y sabor a surrealismo que se convierten en realismo mágico cuando las paladeas disfrutándolas mientras miras de reojo el bote de la lapiceros que está encima de la mesa, no vaya a ser que tampoco sea lo que parece.

Y es que, que te enseñen a buscar la magia donde no hay más que rutina, no tiene precio. Por eso, los amantes de la lectura somos tan afortunados, porque, de manera inesperada, podemos convertirnos en los protagonistas de un relato. Sólo hay que estar bien atento.

13 de septiembre de 2011

El final de un hombre sin nombre

“La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre”. Éste es probablemente el pensamiento más demoledor del protagonista sin nombre de ‘Elegía’, uno de los mejores trabajos de Philip Roth, el referente indiscutible del panorama literario actual.

Como si de una crónica de una muerte anunciada se tratase, el lector asiste en las primeras páginas de la novela al entierro de un hombre, paradigma del ser humano contemporáneo, que se resiste a olvidar quién fue cuando se convierte en lo que nunca quiso ser. De hecho, la obra, cuyo título en inglés es ‘Everyman’, hace referencia a un drama inglés homónimo, escrito en el siglo XV, cuyo epicentro es la evocación de la vida en muerte.

Así, a lo largo de sus 150 páginas el fallecido, en otro tiempo publicista de éxito en Nueva York, reflexiona en soledad sobre los problemas que nos acechan: la marca indeleble que la infancia y la juventud deja en nuestras futuras acciones; el desarraigo familiar, a través de las relaciones desiguales con sus tres hijos y sus tres ex mujeres; las pulsiones sexuales, mediante las cuales la pluma de Roth consigue un erotismo exquisito que, por momentos, invita sutilmente a leer con una sola mano; la añoranza del tiempo pasado, que la memoria se empeña en adornar; la decadencia del ser humano; el dolor, tanto físico como moral, mucho más desgarrador; y un clásico, el miedo a la muerte .

Con una admirable sencillez estilística, las pinceladas líricas ya las pone la propia historia, una biografía del declive, Roth nos presenta un personaje que podríamos ser cualquiera, cuando dejemos de formar parte del eslabón de la cadena capitalista de esta sociedad que, en ocasiones, nos trata como meros objetos de producción. Quizá después de leer este libro, nos animemos a batallar para no dejar que nos masacren, pero ésta es otra historia que poco o nada que ver con la belleza literaria. Afortunadamente.

12 de septiembre de 2011

Animales heridos

Te quiero. Te voy a querer siempre. Y después también.
No lo creo. No se quiere a las mascotas después de que te atacan y te dejan una cicatriz de trece puntos en el brazo izquierdo.

2 de septiembre de 2011

Un verano en el centro

“En el centro de nuestras vidas hubo un verano. Un poeta que no escribió ningún verso, una piscina de cuyo trampolín saltaba un enano con ojos de terciopelo y un hombre al que una noche se lo llevaron a las nubes. Los días cayeron sobre nosotros como árboles cansados”.

Pura poesía. Con ella me encontré en el centro de mi vida, en aquél verano que lo cambió todo, el mismo en que cayó en mis manos –me gusta pensar que de manera no casual– ‘El camino de los ingleses’, de Antonio Soler. Una obra hermosa, donde la prosa juguetea con el lirismo más sensible para describir, de manera profundamente psicológica, la gran aventura de saltar hacia la madurez, reflexionando sobre el amor, la muerte, los sueños, la esperanza, el sexo.

Es curioso cómo hay libros que aparecen cuando deben aparecer para acompañarnos en el camino, convirtiéndose en una especie de terapia que nos reconforta. En este caso, cuando arrancó “el verano a la orilla de una vida y de un verano”, cuando descubrí que mi “corazón puede ser una casa vacía o una acera por donde sólo de tarde en tarde pasa la fortuna”.

Y caminando por ella conocí a Miguelito Dávila, el Babirusa, Beatrice, o Luli Gigante, la Cuerpo, la Señorita del Casco Cartaginés… Personajes, grandiosos todos ellos, que no serían quienes son sin esa visión poética de la realidad. Salvados por la poesía del narrador –gracias, Antonio– que los aleja de la desesperanza. Con ellos lloré de manera tan bonita que cuando llegué al final, volví al principio de aquel verano, el del centro de sus vidas, el del centro de la mía. Y a ellos regreso cuando algo se tambalea, porque “los sueños se pueden quedar en el mundo de los sueños, pero tú y yo no, tú y yo no”.