28 de junio de 2013

Llevo un nombre común en una ciudad común. La globalización se ha encargado de hacerlas iguales. El centro comercial, las carreteras de circunvalación, un Starbucks en la esquina, la tienda de chinos enfrente de casa y El Corte Inglés. A veces voy al médico, cuando tengo fiebre o vomito angustias. La terapia la dejé cuando tuve que aprender qué es eso de llegar a fin de mes. No llego. No sé si alguna vez llegaré. Me da igual. He sufrido como nadie y he reído como nunca y, a veces, me he creído tan asquerosamente especial que he pensado que ni esta ni ninguna ciudad me merecía. El tiempo pasa, pero si cierro los ojos todavía soy Wendy. Soy Wendy en una parque con tobogán en forma de elefante. Soy Wendy con baby de rayas rojas y leotardos siempre rotos. Soy Wendy entre sus brazos. Entre sus piernas soy otra cosa. Entre sus piernas soy suya. Y me diluyo. Pero vuelvo a cerrar los ojos y sigo siendo Wendy. Puede que nunca me acostumbre a tener más de 30 años ni a que esta ciudad sea ahora igual que las demás y ya no haya toboganes con forma de animal. Puede que odie toda mi vida los centros comerciales y que la tos vaya a más, que nunca haya sido especial y que nunca lo sea. Me da igual. Tampoco aprenderé qué es eso de llegar a fin de mes. 

21 de junio de 2013

Verano, otros veranos

La playa de Oyambre cuando todavía no hacía falta el factor de protección 50 y cenar rabas todas las noches en el camping cuando me daban igual las calorías. Una furgoneta reconvertida en casa para cuatro.

Las excursiones al Serrón Negro y, al alcanzarlo, pegar un grito tan fuerte que retumbara en todo el pueblo. Y ya. Ya todo estaba bien. Ni lexatín ni diazepán, pegar un grito. Así de fácil.

El frontón, punto de encuentro desde por la mañana, cuando acababa Heidi. Y, si era lunes, todo olía a aceitunas, y a pepinillos.

Los petardos, los padres inconscientes que compraban petardos a los niños en las fiestas de Valdecastillo. Y aprender a hacer el dragón a escondidas. Y quemarme el pulgar y meter el dedo en el río para que nadie se diera cuenta y que no dejaran de ser inconscientes, que fueran un poco niños, como nosotros.

Las vacas, salir de paseo cada tarde con las vacas, esperar ocho horas el parto de una de ellas y darle el biberón a la jatina. La leche de las vacas recién cocida que siempre se salía de la cazuela. Y esos gritos de “la leche!! la leche!!” todas las noches. Sin falta.

Los primeros besos que sabían a kalimotxo y a aprender a fumar, los besos que te dejaban los labios rojos sin necesidad de carmín.


La BH rosa. De aquella bici me caía una y otra vez, porque entonces no le tenía miedo a nada y la muerte no era una posibilidad. Ni siquiera existía. Todavía guardo las cicatrices de esas costras en las rodillas que se reabrían verano tras verano. Ahora ya no, ahora si me caigo no es literal. Y duele más. 

12 de junio de 2013

La imaginación me empapa los dedos al imaginar tu saliva, pero al llevármelos a la boca sólo saben a mí. Ni rastro de tu amargor. Ni de tu sudor pegado a mis caderas. Debí haberte grabado cuando todavía me hacías el amor. Ahora tendría tus gemidos resbalando por mis oídos, hincándose entre mis piernas. Y moriría.

No estaría así, follada por el silencio.


No estás. 

3 de junio de 2013

Madame Bovary soy yo. O no. A la mierda la literatura. Quizá, simplemente, soy una sádica y me gusta jugar contigo. Y con él. Y con él. Y fantaseo con jugar con ella, pero es más lista que tú y no me deja. El amor no es amor. El amor es sexo. Y el porno poesía.  


Y todavía, después de todo, después de tantos nombres con la inicial en minúscula, no sé a qué saben sus pieles o porqué duele tanto el amor. Lo único que sé es que ahí fuera hay mujeres limpiándose lágrimas de semen y hombres intentando que sus manos dejen de oler como Emma Rouault.