Se acabó aquel beso y había que inventar a qué jugar. Ahora
acaricio tu pecho con el dedo índice de la mano izquierda esquivando quizás. Ahora me respiras buscando
aroma a canela, a frambuesa, a certeza. Pero ya no huelo a diosa. Solo a mujer.
Aquel beso tendría que haber durado un millón de años.
14 de marzo de 2012
24 de febrero de 2012
Wendy
Desde el día que el Principito murió entre mis brazos,
Peter Pan no ha vuelto a visitarme de noche.
Peter Pan no ha vuelto a visitarme de noche.
Wendy ha envejecido con un dedal clavado en el pecho.
19 de diciembre de 2011
Las ocho de la tarde
Mira por la ventana desganada, añorando la primavera que se resiste a llegar, estremeciéndose de frío ante la idea de salir a fumarse un cigarrillo. Su bandeja de entrada no para de recibir correos electrónicos de su jefe que pregunta si ya ha cerrado ese contrato tan importante con los clientes finlandeses. Pasan las horas, esas que para algunos suponen un extra de dinero, pero que para que ella no son más que una resta a los minutos que puede pasar a su lado.
En el otro lado de la ciudad, él mira absorto a la calle a través del ventanal de una vieja cervecería. De vez en cuando participa de las bromas de sus compañeros de trabajo, pero su mente está en otro sitio, siete paradas de metro más lejos, en una oficina por cuya ventana todavía no entra la primavera. Piensa en el frío que estará pasando si ha salido a fumarse un cigarrillo.
Son las ocho de la tarde en la boca del metro de Tribunal. En cuanto se ven, ella olvida a su jefe y él los chistes malos de sus colegas. Se sonríen, se abrazan. Él se ha bebido más de tres cañas y ella se queda embobada mirando el brillo especial que eso provoca en sus ojos. “Te apetece bajar andando hasta Plaza de España?”, le dice. “Me apetece caminar a tu lado hasta el fin del mundo”, piensa ella, pero por supuesto sólo responde “Claro!”.
En el otro lado de la ciudad, él mira absorto a la calle a través del ventanal de una vieja cervecería. De vez en cuando participa de las bromas de sus compañeros de trabajo, pero su mente está en otro sitio, siete paradas de metro más lejos, en una oficina por cuya ventana todavía no entra la primavera. Piensa en el frío que estará pasando si ha salido a fumarse un cigarrillo.
Son las ocho de la tarde en la boca del metro de Tribunal. En cuanto se ven, ella olvida a su jefe y él los chistes malos de sus colegas. Se sonríen, se abrazan. Él se ha bebido más de tres cañas y ella se queda embobada mirando el brillo especial que eso provoca en sus ojos. “Te apetece bajar andando hasta Plaza de España?”, le dice. “Me apetece caminar a tu lado hasta el fin del mundo”, piensa ella, pero por supuesto sólo responde “Claro!”.
Primero entrelazan sus manos, la roza disimuladamente el culo, se paran en un portal. Ella se sube encima del escalón de entrada (no hay un problema de altura que no sea solucionado por un peldaño) y el viento comienza a jugar con su falda. Él aprovecha para acariciar sus muslos por encima de sus pantys, ella respira en su oído y le mordisquea el lóbulo. Se miran, se sonríen otra vez y jugueteando siguen caminando y paran y hablan y besan y tocan y suspiran...
16 de diciembre de 2011
Crac
Algo hizo crac. Tus rizos, anillos de compromiso de mis
dedos, empezaron a incomodarme. Era verano y se me dilataban las carnes. Lucía biquini y horribles marcas
enrojecidas por encima de los nudillos. Me hacían llorar de dolor. Y rabiaba de
llanto.
El día que regresé a casa y no te encontré supe en seguida
dónde buscarte. Me asomé al cubo de la basura y allí estaba tu pelo, recién
cortado. La última carta de nuestro amor no me arrancó ni una lágrima. Sólo
alivio y susto al contemplar cómo mis dedos se afinaban como hilos.
9 de diciembre de 2011
Recuerdos bajo el árbol

Heidi en el Belén. Rocky Balboa y Daniel Larusso turnándose en el televisor. “Tooooooda valla”. “Adrian!!”. Papá dejando crecer la masa del roscón de Reyes al lado de la estufa del salón. Mamá dándome permiso para tomar una gota de café en Nochebuena. Mi hermano convencido de haber visto la bota de Papá Noël, del de verdad, doblando una esquina. El cachorro que nunca llegó un 6 de enero. Los peluches. La casita de Pinypon. Los nervios. La risa. El frío. El calor. Las luces con música del árbol. Las bengalas en Cortylandia. Los zapatos relucientes. El chocolate a la taza. Las tres copas de cognac. El cubo de agua.
La Navidad era más cuando habitaba ese mágico lugar. Infancia.
1 de noviembre de 2011
Sobredosis de sueños

Aquella mañana no pude ni levantarme de la cama. Al intentar incorporarme, un tremendo dolor en las sienes me empujó de nuevo contra la almohada. Ya había tenido jaquecas antes, más o menos una vez al mes, pero esto era diferente. Llamé por teléfono a mi madre que enseguida apareció en mi casa cargada con un neceser lleno de antiinflamatorios, una sopa de arroz y una toalla de tocador que, la pobre, mojaba en agua fría cada dos por tres para ponérmela sobre la frente. Ni por esas. Pasaban los días, las semanas, y yo seguía igual. Tumbada y torturada en una cama demasiado grande para mí.
Es curioso que en ese reducto de enfermedad no echase de menos mi trabajo —es lo que tiene la vocación, no puedes vivir sin ella—, pero hacia ya mucho tiempo que me sentía engañada por el Periodismo. La profesión no debía ser un trabajo burocrático de mails y oficina. Para mí seguía siendo otra cosa. Significaba tener la oportunidad de enriquecerte con personas mucho más interesantes que uno mismo. No quería ser una autómata. Quería leer. Quería escribir. Quería hablar. Quería corregir. Quería sentir. Quería sonreír. No quería ser una seta gris que edita teletipos 10 horas al día.
El médico me firmó la baja y me mandó un millón de pruebas que no dieron con la causa de mis horribles dolores de cabeza. Hasta que llegó el escáner. Cuando lo terminaron, vi la cara de preocupación del neurólogo y agarré muy fuerte la mano de mi madre.
—Es muy grave, doctor?
—Tranquila, no vas a morirte. No al menos de la manera al uso.
—Qué tengo?
—Sueños. Tienes la cabeza repleta de sueños, tantos que ya no caben más y te están aprisionando el cráneo.
—Y qué puedo hacer?
—Tienes que ir cumpliéndolos uno a uno para ir dejando espacio. A ver que podemos hacer... Con qué sueñas?
—Quiero que se me erice la piel, por lo menos, una vez al día. Quiero dejar de nadar en un mar de mediocridad. Quiero sentir que soy especial.
—Busca aquello que te provoque todo eso y hazlo. Si no, morirás en vida y ya no habrá marcha atrás.
Esto ocurrió diecisiete días antes de que, desesperada por el dolor, comenzase a golpearme la cabeza contra la pared de mi habitación. No me di cuenta de la gravedad del asunto hasta que sentí la sangre correr por mi mejilla izquierda. "Mierda! Mis sueños! Se me están escapando los sueños!". Corrí hacia el hospital, pero era tarde. Cuando me cosieron la brecha, ya no quedaba ninguno.
Los dolores de cabeza desaparecieron. Volví al trabajo. Ahora me he convertido en una de ellos. Soy una mediocre. Pero soy feliz.
27 de octubre de 2011
Lluvia de nostalgia

Me acuerdo que cuando era pequeña me dedicaba a quitar todas las multas de los limpiaparabrisas que me encontraba de camino al colegio. No quería que los dueños de esos coches se llevasen un disgusto. Intentaba ayudarles a ahorrar. Recuerdo que muchas tardes mi cama se convertía en un tren, que mis peluches y muñecas cobraban vida para convertirse en mis compañeros de viaje. Me acuerdo de que si navegaba en el regazo de mi padre no había ola que me tumbase. Recuerdo que mi madre era capaz de curarme cualquier enfermedad con una tirita. Ojalá ahora todo fuera tan fácil. A lo mejor lo es. Quizá sólo tenga que ponerme las botas de agua rojas y saltar como si estuviera loca encima de los charcos. Quizá...
24 de octubre de 2011
20 de octubre de 2011
Una infancia desvelada

Dijo Jacinto Benavente que “los recuerdos tienen más poesía que las esperanzas”. Quizá por eso Ana María Matute nos invita en su novela ‘Paraíso inhabitado’ a viajar a través de la memoria hasta ese mágico lugar llamado infancia. De la mano de Adriana nos sumerge en un universo en el que hasta los unicornios buscan refugio bajo las estrellas que se reflejan a escondidas en la lámpara del salón. Y lo hace sin el velo con el que el idealismo suele cubrir esa etapa de nuestras vidas que la memoria adorna a su antojo.
Sí, porque no debe ser nada fácil nacer cuando tus padres ya ni siquiera se quieren ni que, de la noche a la mañana, te arrebaten del trono en el que te sientas en una realidad paralela de cacerolas, comadreo y leyendas populares para llevarte a un aburrido salón, que ya tiene princesa, como le sucede a la pequeña protagonista que, pese a su edad, tiene mucho que enseñar al lector.
Como si de una tabla de salvación se tratase, un 'ángel', un niño ruso, se cuela en su vida y la desmonta, mostrándola que lo que de verdad importa está debajo de la piel en forma de amistad y amor. Y esta especie de truco de magia permanecerá en su memoria cuando cruce la línea e, inevitablemente, como todos, deba hacerse mayor.
La escritora catalana ha escrito, con el estilo delicado y sincero al que nos tiene acostumbrados, uno de esos libros que consiguen quedarse contigo, incluso mucho tiempo después de haber llegado al punto y final y haber cerrado sus tapas, con una punzada en el corazón al descubrir que, aunque nos empeñemos, quizá los unicornios no vuelvan.
14 de octubre de 2011
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