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7 de julio de 2012

Memoria extraviada


En el bloque de enfrente hay una fiesta. Música, ruido, gritos, risas, gente, mucha gente, gente muy joven. Luces de colores y globos en la terraza. Mi casa está en silencio. Apenas iluminada por la bombilla de la lámpara de pie. Escucho las teclas del ordenador y echo de menos aquella máquina de escribir con la que jugaba de pequeña. Más escandalosa, como si cualquier cosa que se plasmara sobre papel cobrara relevancia. A Gabo le sacaban de quicio los borrones de las máquinas de escribir.  A mí me saca de quicio que no vaya a contarla más. Vivir para contarla. Que la siga viviendo, aunque sea con la memoria extraviada.  

20 de octubre de 2011

Una infancia desvelada

Dijo Jacinto Benavente que “los recuerdos tienen más poesía que las esperanzas”. Quizá por eso Ana María Matute nos invita en su novela ‘Paraíso inhabitado’ a viajar a través de la memoria hasta ese mágico lugar llamado infancia. De la mano de Adriana nos sumerge en un universo en el que hasta los unicornios buscan refugio bajo las estrellas que se reflejan a escondidas en la lámpara del salón. Y lo hace sin el velo con el que el idealismo suele cubrir esa etapa de nuestras vidas que la memoria adorna a su antojo.

Sí, porque no debe ser nada fácil nacer cuando tus padres ya ni siquiera se quieren ni que, de la noche a la mañana, te arrebaten del trono en el que te sientas en una realidad paralela de cacerolas, comadreo y leyendas populares para llevarte a un aburrido salón, que ya tiene princesa, como le sucede a la pequeña protagonista que, pese a su edad, tiene mucho que enseñar al lector.

Como si de una tabla de salvación se tratase, un 'ángel', un niño ruso, se cuela en su vida y la desmonta, mostrándola que lo que de verdad importa está debajo de la piel en forma de amistad y amor. Y esta especie de truco de magia permanecerá en su memoria cuando cruce la línea e, inevitablemente, como todos, deba hacerse mayor.

La escritora catalana ha escrito, con el estilo delicado y sincero al que nos tiene acostumbrados, uno de esos libros que consiguen quedarse contigo, incluso mucho tiempo después de haber llegado al punto y final y haber cerrado sus tapas, con una punzada en el corazón al descubrir que, aunque nos empeñemos, quizá los unicornios no vuelvan.

22 de septiembre de 2011

La magia de la rutina

Juanjo Millás lo ha vuelto a hacer. Ha conseguido que ayer mirase al taxista que paró a mi lado en el semáforo de la Plaza de Cataluña para ver si entre sus manos llevaba ‘La crítica de la razón pura’, de Kant; que observe atenta a los maniquíes de Zara, no vaya a ser que también suden; que me fije en si las mujeres de mi oficina están dentro de una burbuja o si el humo que sale de mi cigarrillo no es más que una adolescente traviesa.

Y todo eso, gracias a ‘Los objetos nos llaman’, una selección de sus mejores cuentos, donde, como ya nos tiene acostumbrados, la realidad se mezcla con los sueños para presentarnos unas situaciones absurdas, tiernas, románticas, misteriosas, cargadas, en muchas ocasiones, de humor e ironía.

Es indudable que el autor es uno de esos magos que consiguen transformar la realidad a través de sus letras con olor y sabor a surrealismo que se convierten en realismo mágico cuando las paladeas disfrutándolas mientras miras de reojo el bote de la lapiceros que está encima de la mesa, no vaya a ser que tampoco sea lo que parece.

Y es que, que te enseñen a buscar la magia donde no hay más que rutina, no tiene precio. Por eso, los amantes de la lectura somos tan afortunados, porque, de manera inesperada, podemos convertirnos en los protagonistas de un relato. Sólo hay que estar bien atento.

13 de septiembre de 2011

El final de un hombre sin nombre

“La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre”. Éste es probablemente el pensamiento más demoledor del protagonista sin nombre de ‘Elegía’, uno de los mejores trabajos de Philip Roth, el referente indiscutible del panorama literario actual.

Como si de una crónica de una muerte anunciada se tratase, el lector asiste en las primeras páginas de la novela al entierro de un hombre, paradigma del ser humano contemporáneo, que se resiste a olvidar quién fue cuando se convierte en lo que nunca quiso ser. De hecho, la obra, cuyo título en inglés es ‘Everyman’, hace referencia a un drama inglés homónimo, escrito en el siglo XV, cuyo epicentro es la evocación de la vida en muerte.

Así, a lo largo de sus 150 páginas el fallecido, en otro tiempo publicista de éxito en Nueva York, reflexiona en soledad sobre los problemas que nos acechan: la marca indeleble que la infancia y la juventud deja en nuestras futuras acciones; el desarraigo familiar, a través de las relaciones desiguales con sus tres hijos y sus tres ex mujeres; las pulsiones sexuales, mediante las cuales la pluma de Roth consigue un erotismo exquisito que, por momentos, invita sutilmente a leer con una sola mano; la añoranza del tiempo pasado, que la memoria se empeña en adornar; la decadencia del ser humano; el dolor, tanto físico como moral, mucho más desgarrador; y un clásico, el miedo a la muerte .

Con una admirable sencillez estilística, las pinceladas líricas ya las pone la propia historia, una biografía del declive, Roth nos presenta un personaje que podríamos ser cualquiera, cuando dejemos de formar parte del eslabón de la cadena capitalista de esta sociedad que, en ocasiones, nos trata como meros objetos de producción. Quizá después de leer este libro, nos animemos a batallar para no dejar que nos masacren, pero ésta es otra historia que poco o nada que ver con la belleza literaria. Afortunadamente.

2 de septiembre de 2011

Un verano en el centro

“En el centro de nuestras vidas hubo un verano. Un poeta que no escribió ningún verso, una piscina de cuyo trampolín saltaba un enano con ojos de terciopelo y un hombre al que una noche se lo llevaron a las nubes. Los días cayeron sobre nosotros como árboles cansados”.

Pura poesía. Con ella me encontré en el centro de mi vida, en aquél verano que lo cambió todo, el mismo en que cayó en mis manos –me gusta pensar que de manera no casual– ‘El camino de los ingleses’, de Antonio Soler. Una obra hermosa, donde la prosa juguetea con el lirismo más sensible para describir, de manera profundamente psicológica, la gran aventura de saltar hacia la madurez, reflexionando sobre el amor, la muerte, los sueños, la esperanza, el sexo.

Es curioso cómo hay libros que aparecen cuando deben aparecer para acompañarnos en el camino, convirtiéndose en una especie de terapia que nos reconforta. En este caso, cuando arrancó “el verano a la orilla de una vida y de un verano”, cuando descubrí que mi “corazón puede ser una casa vacía o una acera por donde sólo de tarde en tarde pasa la fortuna”.

Y caminando por ella conocí a Miguelito Dávila, el Babirusa, Beatrice, o Luli Gigante, la Cuerpo, la Señorita del Casco Cartaginés… Personajes, grandiosos todos ellos, que no serían quienes son sin esa visión poética de la realidad. Salvados por la poesía del narrador –gracias, Antonio– que los aleja de la desesperanza. Con ellos lloré de manera tan bonita que cuando llegué al final, volví al principio de aquel verano, el del centro de sus vidas, el del centro de la mía. Y a ellos regreso cuando algo se tambalea, porque “los sueños se pueden quedar en el mundo de los sueños, pero tú y yo no, tú y yo no”.

8 de agosto de 2011

‘Abierto toda la noche’, una película hecha novela

Tras la lectura de 'Saber perder' tenía claro que quería seguir descubriendo al David Trueba escritor. En esas estaba cuando me topé con ‘Abierto toda la noche’. En su contraportada me encontré con esta frase de Ambrose Bierce: “El hogar es el único local abierto toda la noche”. Sí, así es. Y es por esa inintermitencia, al final, por lo que las familias no se distinguen demasiado unas de otras, aunque de cara a la galería muchas de ellas se empeñen en disimularlo una y otra vez.


Como no podía ser de otra manera, los sentimientos de los Belitre, un numeroso clan, en el que ninguno de sus miembros tiene desperdicio, están a flor de piel 24 horas al día, siete días a las semana. Las historias de seis hijos, unos más peculiares que otros; una abuela inteligente y mordaz; un abuelo en el que se vislumbra una demencia senil nada trágica, sino todo lo contrario; dos testigos de Jehová; un psicólogo con extraños métodos de trabajo; un padre en plena crisis de los 50 y una madre, muy madre, conseguirán engancharte. ¿Cómo? Subiendo contigo en una montaña rusa de sensaciones, que oscilan entre el drama más negro, la ternura más delicada y la comedia más disparatada.

No en vano, se nota, y mucho, de dónde viene el escritor, porque esta historia parece, al revés de lo que pasa normalmente, basada en una película. Está narrada de manera ágil, divertida (provocó mis carcajadas en un banco de la calle y eso es de agradecer), elocuente y, por momentos, irreverente. Y, como no todo van a ser piropos para esta gran novela, he de confesar que el final me dejó fría. Me pareció precipitado y desencuadrado en la historia. Pero, mientras llega, disfrutad del camino que os adentrará en la mansión que heredan y disfrutan los Belitre. Nos os arrepentiréis.

15 de junio de 2011

'La plaza del diamante', simbología pura

Sólo después de leer ‘La plaza del diamante’ me he acercado a curiosear las críticas que sobre ella se han escrito (cuando alguien me dice con tanta seguridad que una obra me va a llenar de sensaciones, prefiero que nada más lo empañe o me llene de juicios previos, buenos o malos). “La mejor novela del siglo” o “una de las novelas más importantes y bellas publicadas en siglo XX” son sólo dos ejemplos de cómo un libro que hasta el momento era completamente desconocido para mí ya había pasado a formar parte del imaginario de muchísimos lectores empedernidos.

Porque, precisamente, su autora, la catalana Mercé Rodoreda, hizo una novela que, gracias a la construcción del discurso, a lo que dice, pero, sobre todo, a lo que deja de decir, simbología pura, es diferente según quien la tome y la disfrute entre sus manos. La cotidianeidad que nos describe en primera persona Natalia, su protagonista, a ratos puede ser la mía, a ratos la de mi vecino, otros los de mis compañeros de mesa en el trabajo. Y es que detrás de un nido de palomas, de un cuchicheo en el oído o de un vestido rosa puede esconderse la angustia, la ternura o la ilusión; la rabia, el miedo a la soledad o la inocencia; el anhelo, el orgullo o las ganas de vivir. Y así sucesivamente…

De esta manera habrá tantas natalias como lectores, que serán los únicos que, en definitiva, pondrán contenido a los sentimientos, los pensamientos, al mundo de los personajes que desfilan frente a la mirada de una mujer que se supone vivió la República, la Guerra Civil y la penosa posguerra. Pero sólo se supone. Quizá nada sea lo que parece.

6 de junio de 2011

‘Mañana no será lo que Dios quiera’, pura poesía

Parece claro que cualquier vida, incluso la más gris y aburrida, puede conformar una historia maravillosa cuando es tocada por la varita mágica de la buena literatura. Si, además, estas vivencias se han sucedido en épocas convulsas de la historia, como la Guerra Civil, y los escritores que la protagonizan, a uno y otro lado del papel, son dos monstruos como Luis García Montero y Ángel González, el espectáculo está servido.

Así, lo encontramos en bandeja en ‘Mañana no será lo que Dios quiera’, una obra en la que el poeta granadino rescata los primeros años de su colega asturiano, a través de su mirada de niño, cuando se fraguaron sus primeros pasos como artista. A una servidora, que adora las letras, pero no es capaz de juntarlas si no es para redactar una noticia (y ya ni eso) le fascina buscar detrás de una cotidiana merienda en la casa familiar, del relato del primer día de colegio o entre los recuerdos de la tarde en la que estalló la contienda, en qué momento se convirtieron los dedos de Ángel González en poesía.

Y todo ello viene de los de otro que, aun escribiendo en prosa el día a día de un niño, aparentemente como otro cualquiera, es capaz de pellizcar tu alma como con el más brillante y profundo de los versos. Como dijo Joaquín Sabina en la presentación de la biografía: “Y además en prosa tratándose de dos poetas. Y para colmo novela o novelado, qué más da. Pero ¡ay!, el hombre de poca fe y edad adulta ya debería saber a estas alturas que los tesoros literarios, que los milagros, que las pepitas de oro de la tinta acostumbran esconderse donde uno menos las espera”.

Gracias, Luis, por haberte convertido en la memoria de uno que sí es imprescindible, como tú mismo. Porque mientras sigan existiendo almas como las vuestras, repletas de belleza, dignidad y compromiso, afortunadamente, mañana no será lo que Dios quiera.

25 de mayo de 2011

Cuando Amélie deja de escribir sobre sí misma

Eureka! Seis libros después de que ‘Biografía del hambre’ cayese entre mis manos provocándome una fascinación absoluta, he descubierto qué es eso que me atrae irremediablemente de Amélie Nothomb. Quizá no es tanto su talento literario, que indudablemente tiene, como esas historias autobiográficas de una niña obsesionada por el agua o de la ascensión enloquecida al monte Fuji de una joven occidental enamorada de la cultura, y no sólo la cultura, japonesa.

Y es que, después de leer ‘Antichrista’, y ahora ‘Ordeno y mando’, en el que la escritora sigue siendo tan brillante, divertida y sarcástica como siempre, me he dado cuenta de que añoro esos episodios basados en hechos reales de una pequeña, filósofa ya con tres años, que nació en Japón y recorrió medio mundo con los ojos muy abiertos y la mano entrelazada con la de su hermana.

En la novela que ahora nos ocupa, breve como es habitual en la autora, no hay ni rastro de ella. Sin embargo, conocemos a Baptiste Bovarde, un francés al que le cambia la vida el día que un misterioso personaje –Olaf Sildur, un multimillonario sueco– aparece en su casa y muere de forma fulminante en su salón. Baptiste decide hacer pasar el cadáver del sueco por el suyo propio y se sumerge en una vida de ensueño y en un amor sorprendente. Ella y él protagonizarán unos diálogos sensacionales –pedantes sin ser tediosos, como a mí me gusta–. No en vano, son dos personajes potentes, fantásticos, que retratan a la perfección esta aburrida y mediocre clase media del siglo XXI.

En definitiva, es una buena novela, como Nothomb nos tiene acostumbrados, pero a mí me falta algo para que me retuerza de placer como en sus primeros libros: me falta ella misma cuando no era más que una niña que tenía mucho, y muy diferente, que enseñarnos.

17 de mayo de 2011

Siguiendo a Tyler Durden

Todavía a veces me entran ganas de exclamar “bendito Hollywood!”. Por qué? Porque si no fuera por él, nunca me habría acercado a Chuck Palahniuk para leer ‘El club de la lucha’, primero, y ‘Asfixia’, después. Y si el primero me marcó, el segundo me ha dejado absolutamente fascinada, Tyler Durden, que ha cambiado de nombre, mediante.

Porque se llame como se llame, lo importante es el talento que se esconde en esta mente, que algunos creen enferma, pero que no es más que un lugar en el que las verdades no se hacen de rogar. Podemos creer que vivimos seguros y protegidos en nuestras casas de suelos de parqué, en nuestros trabajos de ocho horas en oficina climatizada, en nuestros coches asegurados a todo riesgo, hasta que abres esta novela y te golpea. Le pega una patada donde dicen que más duele a los arcaicos valores de nuestra sociedad, a sus tabúes, con un estilo irreverente, mordaz, repleto de humor negro, en el que el genial escritor demuestra, un vez más, que no tiene un solo pelo en la lengua.

El protagonista de la novela es Victor Mancini, un fracasado con problemas de adicción al sexo, cuya madre, una ex convicta poco cuerda (o quizá mucho, quién sabe), espera su muerte en una carísima clínica privada. Este antihéroe provocador, y provocativo, se irá degradando hasta límites insospechados, haciendo gala de una curiosa comicidad cruel.

En definitiva, un retrato tragicómico, que no dejará indiferente a nadie. A ver si después de su lectura sois capaces de mirar con los mismos ojos complacientes vuestros muebles de Ikea, vuestro contrato indefinido o vuestro auto de marca japonesa. Yo no.

25 de abril de 2011

De fantasía y metáfora

No me he enterado hasta la última página, pero que mi adorado Juantxu, el bajista de Platero y tú, haya participado, aunque sea de refilón, en ‘El viaje íntimo de la locura’, el debut como novelista de Robe Iniesta, ha hecho que la obra sumase un montón de puntos. Sí, lo siento. A veces me gusta simplificar y detalles sin importancia como éste me hacen de pronto reflexionar y llegar a una conclusión completamente alejada de la anterior. Forma parte de mí y no voy a dejar de hacerlo. Y aunque me esperase muchísimo más de la prosa de un señor que con sus versos en forma de canción me ha hecho estremecerme una y mil veces, no voy a ser dura. Precisamente porque esta historia ha salido de una pluma, que es responsable directa de que mi vida tenga banda sonora.


Con todo lo que ya he dicho, os imaginaréis que las expectativas eran grandes, muy grandes. Cuando, por fin, conseguí comprar el libro (era de suponer que si se agotan las entradas de sus conciertos, también se agotase la novela) esperaba más de lo mismo. Es decir, una historia audaz, urbana, real, dura, sincera, a corazón palpitante abierto, en un estilo descarnado y, sin embargo, rebosante de poesía. ¿Quién dijo que no hay lírica en ese “me levanté hasta los huevos de vivir”?


Así se despierta una mañana don Severino, el protagonista de esta novela. Cansado y tremendamente aburrido. Tanto que es capaz de transmitírselo al lector página tras página en una cotidianidad repleta de hastío que te plantea si acaso nuestras vidas no son iguales: rectas, ordenadas, marcadas, sin oportunidad de volar, sin fantasía…


De fantasía tiene mucho esta obra, cargada de metáforas (en ocasiones, demasiado fáciles) que nos hacen reflexionar en torno a si estamos donde queremos estar o si somos lo que queremos ser. El problema es que este simbolismo, esa revolución que tiene lugar en el interior del personaje (y por simpatía o empatía en nosotros mismos), es redundante y te quedas con la sensación que llevas 100 páginas leyendo lo mismo. Afortunadamente, un último giro, muy jugoso, hace que esta historia sobre el individualismo y la libertad reconvertida en cuento de hadas te deje buen sabor de boca.

14 de abril de 2011

No pases por el aro, lee ‘Deseo de ser punk’

“Ahora prefiero ser un indio que un importante abogado”, de Robe Iniesta, o “deseo de ser piel roja”, de Leopoldo María Panero, o “deseo de ser punk”, del que ahora me ocupo, de Belén Gopegui. Todas estas frases tienen un denominador común: buscar un lugar para no dejarse devorar por la mediocridad, por el sistema, por lo políticamente correcto. En esas está Martina, la protagonista de esta brillante novela, una adolescente de 16 años que busca en la música, y no en cualquiera, la manera de afrontar el doloroso tránsito de hacerse mayor, cuando uno empieza a preguntarse por qué las cosas son como son y no como deberían ser. Reincidentes, Fe de Ratas, Leño o Johnny Cash, entre otros, se convierten en sus compañeros de viaje.


Con semejante presentación queda claro que no puedo ser objetiva con esta obra. Quizá porque esta Pilar se pareció un día demasiado a aquella Martina. Yo también estuve perdida entre la frivolidad de supuestos amigos que me parecían marcianos. Yo también me preguntaba por qué a mi alrededor vivían su personal día de la marmota algunos rebeldes de antaño, hoy domesticados. Yo también busqué respuestas tarareando “uh, cerebros aplanaos; uh, ilusiones dirigidas; viejos de nuestra edad; vaya pena que dan”. Yo también me negaba a pasar por el aro, a ser una más. Yo también me quería comer el mundo. Y, después, cambiarlo. No, no iba a claudicar. Y cantar a gritos cuando nadie me escuchaba me llenaba de valor. Como a Martina.


Y todo ello porque un día fallece el padre de su mejor amiga. El único adulto que la hizo sentirse persona y no una niña. Muchas veces es la muerte la que nos hace mayores y provoca que nos replanteemos quiénes somos y cuál es nuestro papel. Rompe nuestro universo y nos deja un duro trabajo: reconstrucción. Entre canciones, libros de Albert Camus o Victor Hugo y preguntas, muchas preguntas sin respuesta, prepara un acto simbólico para reivindicar que, aunque se haya enfrentado a ella, aunque la haya tocado, la muerte no la ha derribado. Que está viva y su papel es despertar a los demás de su letargo, invitarles a que vuelvan a pasar por el aro, pero en dirección contraria.


Escrita en un sencillo estilo epistolar, la obra fluye, fresca (la propia Belén Gopegui ha asegurado que tuvo que esforzarse por “desutilizar el lenguaje adulto, por quitar constreñimientos literarios; no tanto imitar a un adolescente como dejar de imitar al adulto”) para recordarnos que casi todos fuimos Martina, aunque ya se nos haya olvidado. Nunca es tarde.

5 de abril de 2011

‘Saber perder’, realidad viva

Cuando David Trueba recibió el Premio Nacional de la Crítica, el jurado destacó que “no es sólo un cineasta que además escribe”. Doy fe. La novela por la que mereció este galardón, ‘Saber perder’, es un paseo por esas cotidianeidades, aparentemente sin importancia, que, sin embargo, conforman la maravillosa aventura de vivir.

El escritor nos presenta, con una gran sencillez estilística, el retrato de cuatro supervivientes, cuyas vidas están entrelazadas. Son Sylvia, una joven de su tiempo, de nuestro tiempo, de 16 años, esa etapa de la vida en la que nos chocamos con un muro, el de darnos cuenta de que hay algo que no es como nos han contado, la edad adulta deja de ser un sueño idealizado para convertirse en la cruda realidad; su padre, Lorenzo, un hombre separado que intenta reponerse de sus fracasos sentimentales y laborales; su abuelo, Leandro, que busca desesperadamente un clavo ardiendo al que agarrarse cuando todo su mundo se derrumba o, dicho de otro modo, cuando llega la vejez más demoledora; y Ariel, un futbolista argentino, que poco o nada tiene que ver con los jugadores al uso, que llega a nuestro país, con su pierna izquierda como único reclamo.

Los cuatro, sus relaciones, sus anhelos, sus sueños y sus fracasos, repletos de matices, consiguen removernos cuando nos vemos reflejados en lo que un día fuimos, en los que somos ahora, en lo que seremos. Porque todos ellos se colarán en nuestro corazón, gracias a su cercanía, a su realidad, a su verdad, recordándonos que a lo único que estamos expuestos es al devenir de nuestras vidas, que el idealismo nos sirve para hacer nuestra existencia más sencilla. Pero, al final, debemos pisar tierra firme, porque, nos guste o no, la perfección no existe (sería tan aburrido si así fuera). Entonces, como el dolor tiene que llegar, al menos que no nos encuentre desentrenados. Saber perder es eso, no?

31 de marzo de 2011

'Peyton Place', quien lo probó, lo sabe

Como dice el refrán, pueblo pequeño, infierno grande. Quien lo probó lo sabe. Y si lo sabes y cae en tus manos ‘Peyton Place’, de la desafortunada escritora (una cirrosis acabó con ella a los 39 años) Grace Metalious, será difícil que te puedas concentrar en mucho más durante un par de semanas. Quizá porque todos esos avernos en miniatura se parecen demasiado, estén ubicados en Estados Unidos, junto a la Ribera del Duero o en la montaña suiza.


En estos tiempos en los que hay tanta tontería disfrazada de modernismo en la Literatura, yo voy a reivindicar el derecho a leer sin sonrojarse una novela sin la que probablemente nunca habrían existido fenómenos televisivos como ‘Melrose Place’ o mi favorito, ‘Twin Peaks’. Y es que esta obra se convirtió tras su publicación, en 1956, en un fenómeno editorial que borró la distinción entre alta y baja cultura cuando confundir ambas cosas aún no estaba de moda.

Entonces, los lectores no parecían dispuestos a leer en una novela aquello que ponían en práctica, permitían o sufrían en sus falsas y vacías vidas cotidianas: el odio racial, el clasismo, el incesto, el aborto o la corrupción religiosa. El sueño americano a punto de derrumbarse. Así, la leyeron millones, algunos incluso a escondidas, mientras muchos países la prohibían y algún bibliotecario colgaba incluso un cartel en el que se leía: “No tenemos ningún ejemplar de 'Peyton Place'. Si queréis este libro id a Salem”. La autora había buscado la fama y la parábola acaba con sus últimas palabras: “Ten cuidado con lo que deseas, porque podrías conseguirlo”.

Ahora, creo que muchos seguirían sin soportarlo, sobre todo aquellos hipócritas que siguen envenenándose un poquito cada vez que, por accidente, se muerden la lengua. Esos que se aburren (un mal común en los infiernos grandes, digo, en los pueblos pequeños) y que en vez de mirarse el ombligo miran el de los demás, porque carecen de valentía. Por eso, no se atreverían a abrir esta novela. Los demás, los que sí nos atrevemos, tenemos difícil cerrarla hasta llegar al punto y final. Porque la vida, la verdad, la realidad, echa un pulso entre sus páginas a la Literatura.

28 de marzo de 2011

Un genio llamado José Saramago

Con su marcha el mundo se convirtió en un lugar más feo. Él, pesimista convencido, no sabía que a mí, con su presencia, con sus palabras, con su compromiso, me había convertido en una optimista convencida. El ser humano no podía ser tan malo si José Saramago formaba parte de él. El ser humano no podía ser corrupto cuando José Saramago hablaba, tranquilo, sereno, con esa lucidez asombrosa que sólo tienen los genios. El ser humano tenía muchas razones para la esperanza cuando José Saramago aseguraba eso de que “la persona más sabia que he conocido no sabía leer ni escribir”. El ser humano recuperaba la capacidad de amar cuando José Saramago hablaba de su eterna compañera, Pilar del Río.


A veces sigo llorando por alguien que para mí representa tantas cosas… No es sólo uno de mis escritores favoritos, es un referente vital que me ha enseñado tanto sin ni siquiera saberlo… Ya nunca lo sabrá. Pero algún día, dentro de muchos años, les contaré a mis nietos que tuve un abuelo imaginario, que se llamaba José Saramago , un hombre que dejó ciega a la Literatura cuando se marchó para siempre dejándonos un tesoro: la certeza de que es posible recuperar la fe en el ser humano.


A veces no tengo fuerzas para abrir al azar ‘Ensayo sobre la ceguera’, ‘El evangelio según Jesucristo’, ‘El hombre duplicado’ o ‘Las intermitencias de la muerte’. Eso sí, mirar la estantería y saber que siguen ahí, para siempre, me reconforta. Su legado es infinito. Como mi admiración.


Hasta siempre, maestro.

18 de marzo de 2011

‘La hoja plegada’, una revelación dolorosa

Cumplí los 18, los 20, los 22, los 23… esperando una revelación: saber que, por fin, me había hecho mayor, que había pasado a formar parte del fascinante mundo de los adultos a los que tanto tiempo llevaba mirando con admiración a ras de suelo. Pero nada. Muchas veces, este tránsito, quizá el más doloroso de nuestras vidas, viene en forma de mazazo, o de profunda desilusión al descubrir que las cosas no son como nos las habían contado. Ahora mismo, yo me encuentro inmersa en esta aventura de la que es difícil salir ilesa. Por eso agradezco que ‘La hoja plegada’, de William Maxwell, me haya hecho compañía, porque narra un viaje parecido.

Su título está tomado de un poema de Tennyson que habla, precisamente, del paso del tiempo, y su protagonista, Lymie, se hace mayor el día que se da cuenta de que “no quería seguir viviendo en un mundo donde la verdad no puede hacerse valer”. Y se corta el cuello, como hiciera el escritor estadounidense en su etapa universitaria. Al fin y al cabo, la novela tiene mucho de autobiografía (como el personaje, también era huérfano de madre). Lo que no sabemos es si Maxwell también tenía un mejor amigo al que venerar, una amistad profunda y sincera que se tambalea cuando, como si de una Yoko Ono cualquiera se tratara (nótese la ironía), aparece en escena Sally.

Muchos han querido ver en ella la historia de un amor homosexual, pero para mí ésta es una versión simplista, porque es mucho más: es el viaje a la edad adulta y la esperanza reconvertida en desesperanza al cruzar la línea de meta.

En cuanto al estilo, se nota, y mucho, la labor que el autor desempeñó como crítico literario y editor, porque se palpa una contención, un no dejarse llevar, una premeditación, que le resta valor. El escritor no debe escribir con los dedos y la cabeza, sino con las entrañas, que vomite letras desde lo más profundo de su alma. De otra manera, puede llegar, pero no revolver. Esto es lo que le pasa a William Maxwell, que quizá, obnubilado por sus coetáneos (Nabokov y J.D. Salinger, entre otros), no se atrevió a darnos más de sí mismo. Una pena.

10 de marzo de 2011

'Cien años de soledad'. Sí, quiero

Existe una aldea donde, como dijo Pacho Bottía, los bloques de hielo parecen diamantes y el chocolate hace levitar a los curas, donde la magia y los portentos de la ciencia son recibidos con la misma naturalidad. Un lugar habitado por una tribu de gitanos, coroneles, niños surumbáticos y toda una estirpe de soñadores dispuesta siempre a emprender las más delirantes empresas. Su nombre es Macondo, donde la magia se hace realidad, o viceversa, y está ubicado en la estantería de las joyas de la literatura universal, además de en el rincón más privilegiado de mis afectos literarios.

Por eso, cuando me propuse escribir esta crítica, sentí vértigo. Quizá del bueno, como el que tan bien describía Milan Kundera en ‘La insoportable levedad del ser’, ese cuya inmensidad te atrae tanto que, aunque la valla sea segura, te abruma y acabas retrocediendo. Ésta es la razón de que abra mi corazón, porque, ya se sabe, cuando de sentimientos se trata, las palabras no bastan.

Cuando cursaba primero de Bachillerato, mi profesor de Lengua y Literatura nos dio varios arranques de libros para que eligiésemos uno a partir del cual escribir nuestro propio relato. De inmediato mis ojos se posaron sobre las siguientes líneas:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”

No sé qué fue lo que me atrajo de esta enigmática frase. Ahora, con el paso del tiempo (ya se sabe que la memoria es tramposa y suele adornarse a nuestro antojo) quiero pensar que mi corazón comenzó a latir muy fuerte. Que vi con asombro cómo en ella se entremezclaban presente, pasado y futuro en una atmósfera de la quería formar parte a toda costa. Será posible que exista el flechazo literario?

En cualquier caso, este enamoramiento se fue convirtiendo en amor sereno y consolidado a medida que iba leyendo situaciones tan maravillosas como el diluvio que se alarga durante cuatro años, once meses y dos días; la llovizna de flores amarillas; la fuerza de José Arcadio Buendía, capaz de derribar un caballo agarrándolo por las orejas; la cola de cerdo con la que nace el último miembro de la familia; la fuga de Remedios, la bella, volando con una sábana… Y tantos y tantos momentos que me han hecho sonreír y emocionarme, porque me han ayudado a descubrir qué es eso que buscaba con ansia entre las páginas de un libro: entender el mundo. Al fin y al cabo, García Márquez dijo en una ocasión que el escritor lo es para explicarse a sí mismo lo que le parece inexplicable.

Así, cambió mi perspectiva sobre las relaciones humanas, comprendí que vivimos y morimos solos; que la traición, el rencor, las pasiones incontroladas, la atracción por lo prohibido no son más que las consecuencias de la incapacidad de dar y recibir amor o del ansia de ser libre, de ver otros mundos, aunque sea haciendo la guerra. Cualquier cosa menos quedarse amarrado durante años al tronco de un árbol.

Como casi siempre, el colombiano utiliza las referencias bíblicas para construir su historia y las exagera hasta llegar a la hipérbole. De esta manera, consigue mezclar lo fantástico y lo real (denunciando, por ejemplo, la situación de violencia que se vivió en Colombia a partir de la II Guerra Mundial) hasta que las fronteras de uno y otro desaparecen para fundirse. Tal y como declaró el Nobel, “lo mágico puede transformarse en lo real con la misma facilidad que lo real en lo mágico. No hay un lugar que sea mas real, o mágico, que otro, porque todo puede intercambiarse y todo es parte de la misma realidad total”.

Y es ahí, en esa totalidad, donde encontré el poder de la imaginación, la belleza, el entusiasmo, la fantasía, la verdad, los sueños y una gran certeza: hay amores que sí duran para siempre. Gracias, Gabo.

8 de marzo de 2011

Un despilfarro de prosa brillante

El amor. El amor que todo lo llena. El amor que embellece y envilece. El amor que te sube al cielo y te baja al infierno cuando, qué ironía, se extinguen las llamaradas de la pasión. El amor que ha llenado de libros las estanterías de las bibliotecas, de muescas los troncos de los árboles, de anillos los dedos y de muertos los cementerios. El amor que te hace mejor y peor persona a partes iguales. El amor que te toca y te convierte en vulnerable e invencible. El amor, que se sufre y se disfruta, tan puro y tan sucio, tan dulce y tan duro, tan diferente de los cuentos de hadas que nos hacían soñar con príncipes, ranas y princesas, incluso antes de dormir cuando los escuchábamos, de niños, arropados con las sábanas de otro amor, el paternal… El amor es el protagonista absoluto de ‘Bella del Señor’, un despilfarro de prosa brillante que nos regala Albert Cohen.

Tras dos meses de lectura y varios días de reposo creo que estoy en condiciones de proclamar que es una de las mejores novelas que he leído nunca. Sí, es una de esas maravillas que se saborean mejor paladeándolas despacito y que te hace reflexionar golpeándote bien fuerte. Por eso, hay que degustarla a pequeños mordiscos, porque de otra manera tanta crudeza podría atragantársenos. Por no hablar de que muchas veces preferimos creer que si algo no se piensa, no se habla o no se escucha es, simplemente, porque no existe. Y nos quedamos en la torre esperando que el chico de azul venga a rescatarnos y nos invite a una ración de perdices…

Cohen disecciona el comportamiento humano, cruel y mezquino en muchas ocasiones, con precisión, tirando a dar con un dardo de palabras recubiertas de ironía, a través de la historia de amor de Arianne y Solal, amantes. Implacablemente, el autor describe su historia de amor de principio a fin, recorriendo todos los estadios del sentimiento: inseguridad, pasión, admiración, ternura, celos, frustración, odio.

Y lo hace derrochando talento, narrando en primera persona lo que pasa por las cabezas de los protagonistas, sin orden, sin concierto, sin filtros, sin falsedades, sin puntos, sin comas, sin florituras superfluas, con tal tino que te costará despertar de ese estado de ensoñación y preguntarte si no eres tú quien está cavilando. Todo ello mientras descubres que, a veces, los problemas de romeos y julietas no los provocan otros, sino que están dentro de ellos mismos, de nosotros mismos, de nuestra educación, de nuestros miedos.

Así pues, espero que os animéis y la disfrutéis tanto como yo. Eso sí, no se os ocurra acompañarla de un pastelito de nata. Servíos un café amargo.