7 de julio de 2012
Memoria extraviada
20 de octubre de 2011
Una infancia desvelada

22 de septiembre de 2011
La magia de la rutina

13 de septiembre de 2011
El final de un hombre sin nombre

“La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre”. Éste es probablemente el pensamiento más demoledor del protagonista sin nombre de ‘Elegía’, uno de los mejores trabajos de Philip Roth, el referente indiscutible del panorama literario actual.
Como si de una crónica de una muerte anunciada se tratase, el lector asiste en las primeras páginas de la novela al entierro de un hombre, paradigma del ser humano contemporáneo, que se resiste a olvidar quién fue cuando se convierte en lo que nunca quiso ser. De hecho, la obra, cuyo título en inglés es ‘Everyman’, hace referencia a un drama inglés homónimo, escrito en el siglo XV, cuyo epicentro es la evocación de la vida en muerte.
Así, a lo largo de sus 150 páginas el fallecido, en otro tiempo publicista de éxito en Nueva York, reflexiona en soledad sobre los problemas que nos acechan: la marca indeleble que la infancia y la juventud deja en nuestras futuras acciones; el desarraigo familiar, a través de las relaciones desiguales con sus tres hijos y sus tres ex mujeres; las pulsiones sexuales, mediante las cuales la pluma de Roth consigue un erotismo exquisito que, por momentos, invita sutilmente a leer con una sola mano; la añoranza del tiempo pasado, que la memoria se empeña en adornar; la decadencia del ser humano; el dolor, tanto físico como moral, mucho más desgarrador; y un clásico, el miedo a la muerte .
Con una admirable sencillez estilística, las pinceladas líricas ya las pone la propia historia, una biografía del declive, Roth nos presenta un personaje que podríamos ser cualquiera, cuando dejemos de formar parte del eslabón de la cadena capitalista de esta sociedad que, en ocasiones, nos trata como meros objetos de producción. Quizá después de leer este libro, nos animemos a batallar para no dejar que nos masacren, pero ésta es otra historia que poco o nada que ver con la belleza literaria. Afortunadamente.
2 de septiembre de 2011
Un verano en el centro

8 de agosto de 2011
‘Abierto toda la noche’, una película hecha novela

Tras la lectura de 'Saber perder' tenía claro que quería seguir descubriendo al David Trueba escritor. En esas estaba cuando me topé con ‘Abierto toda la noche’. En su contraportada me encontré con esta frase de Ambrose Bierce: “El hogar es el único local abierto toda la noche”. Sí, así es. Y es por esa inintermitencia, al final, por lo que las familias no se distinguen demasiado unas de otras, aunque de cara a la galería muchas de ellas se empeñen en disimularlo una y otra vez.
Como no podía ser de otra manera, los sentimientos de los Belitre, un numeroso clan, en el que ninguno de sus miembros tiene desperdicio, están a flor de piel 24 horas al día, siete días a las semana. Las historias de seis hijos, unos más peculiares que otros; una abuela inteligente y mordaz; un abuelo en el que se vislumbra una demencia senil nada trágica, sino todo lo contrario; dos testigos de Jehová; un psicólogo con extraños métodos de trabajo; un padre en plena crisis de los 50 y una madre, muy madre, conseguirán engancharte. ¿Cómo? Subiendo contigo en una montaña rusa de sensaciones, que oscilan entre el drama más negro, la ternura más delicada y la comedia más disparatada.
No en vano, se nota, y mucho, de dónde viene el escritor, porque esta historia parece, al revés de lo que pasa normalmente, basada en una película. Está narrada de manera ágil, divertida (provocó mis carcajadas en un banco de la calle y eso es de agradecer), elocuente y, por momentos, irreverente. Y, como no todo van a ser piropos para esta gran novela, he de confesar que el final me dejó fría. Me pareció precipitado y desencuadrado en la historia. Pero, mientras llega, disfrutad del camino que os adentrará en la mansión que heredan y disfrutan los Belitre. Nos os arrepentiréis.
15 de junio de 2011
'La plaza del diamante', simbología pura

6 de junio de 2011
‘Mañana no será lo que Dios quiera’, pura poesía

25 de mayo de 2011
Cuando Amélie deja de escribir sobre sí misma

17 de mayo de 2011
Siguiendo a Tyler Durden

25 de abril de 2011
De fantasía y metáfora

No me he enterado hasta la última página, pero que mi adorado Juantxu, el bajista de Platero y tú, haya participado, aunque sea de refilón, en ‘El viaje íntimo de la locura’, el debut como novelista de Robe Iniesta, ha hecho que la obra sumase un montón de puntos. Sí, lo siento. A veces me gusta simplificar y detalles sin importancia como éste me hacen de pronto reflexionar y llegar a una conclusión completamente alejada de la anterior. Forma parte de mí y no voy a dejar de hacerlo. Y aunque me esperase muchísimo más de la prosa de un señor que con sus versos en forma de canción me ha hecho estremecerme una y mil veces, no voy a ser dura. Precisamente porque esta historia ha salido de una pluma, que es responsable directa de que mi vida tenga banda sonora.
Con todo lo que ya he dicho, os imaginaréis que las expectativas eran grandes, muy grandes. Cuando, por fin, conseguí comprar el libro (era de suponer que si se agotan las entradas de sus conciertos, también se agotase la novela) esperaba más de lo mismo. Es decir, una historia audaz, urbana, real, dura, sincera, a corazón palpitante abierto, en un estilo descarnado y, sin embargo, rebosante de poesía. ¿Quién dijo que no hay lírica en ese “me levanté hasta los huevos de vivir”?
Así se despierta una mañana don Severino, el protagonista de esta novela. Cansado y tremendamente aburrido. Tanto que es capaz de transmitírselo al lector página tras página en una cotidianidad repleta de hastío que te plantea si acaso nuestras vidas no son iguales: rectas, ordenadas, marcadas, sin oportunidad de volar, sin fantasía…
De fantasía tiene mucho esta obra, cargada de metáforas (en ocasiones, demasiado fáciles) que nos hacen reflexionar en torno a si estamos donde queremos estar o si somos lo que queremos ser. El problema es que este simbolismo, esa revolución que tiene lugar en el interior del personaje (y por simpatía o empatía en nosotros mismos), es redundante y te quedas con la sensación que llevas 100 páginas leyendo lo mismo. Afortunadamente, un último giro, muy jugoso, hace que esta historia sobre el individualismo y la libertad reconvertida en cuento de hadas te deje buen sabor de boca.
14 de abril de 2011
No pases por el aro, lee ‘Deseo de ser punk’

“Ahora prefiero ser un indio que un importante abogado”, de Robe Iniesta, o “deseo de ser piel roja”, de Leopoldo María Panero, o “deseo de ser punk”, del que ahora me ocupo, de Belén Gopegui. Todas estas frases tienen un denominador común: buscar un lugar para no dejarse devorar por la mediocridad, por el sistema, por lo políticamente correcto. En esas está Martina, la protagonista de esta brillante novela, una adolescente de 16 años que busca en la música, y no en cualquiera, la manera de afrontar el doloroso tránsito de hacerse mayor, cuando uno empieza a preguntarse por qué las cosas son como son y no como deberían ser. Reincidentes, Fe de Ratas, Leño o Johnny Cash, entre otros, se convierten en sus compañeros de viaje.
Con semejante presentación queda claro que no puedo ser objetiva con esta obra. Quizá porque esta Pilar se pareció un día demasiado a aquella Martina. Yo también estuve perdida entre la frivolidad de supuestos amigos que me parecían marcianos. Yo también me preguntaba por qué a mi alrededor vivían su personal día de la marmota algunos rebeldes de antaño, hoy domesticados. Yo también busqué respuestas tarareando “uh, cerebros aplanaos; uh, ilusiones dirigidas; viejos de nuestra edad; vaya pena que dan”. Yo también me negaba a pasar por el aro, a ser una más. Yo también me quería comer el mundo. Y, después, cambiarlo. No, no iba a claudicar. Y cantar a gritos cuando nadie me escuchaba me llenaba de valor. Como a Martina.
Y todo ello porque un día fallece el padre de su mejor amiga. El único adulto que la hizo sentirse persona y no una niña. Muchas veces es la muerte la que nos hace mayores y provoca que nos replanteemos quiénes somos y cuál es nuestro papel. Rompe nuestro universo y nos deja un duro trabajo: reconstrucción. Entre canciones, libros de Albert Camus o Victor Hugo y preguntas, muchas preguntas sin respuesta, prepara un acto simbólico para reivindicar que, aunque se haya enfrentado a ella, aunque la haya tocado, la muerte no la ha derribado. Que está viva y su papel es despertar a los demás de su letargo, invitarles a que vuelvan a pasar por el aro, pero en dirección contraria.
Escrita en un sencillo estilo epistolar, la obra fluye, fresca (la propia Belén Gopegui ha asegurado que tuvo que esforzarse por “desutilizar el lenguaje adulto, por quitar constreñimientos literarios; no tanto imitar a un adolescente como dejar de imitar al adulto”) para recordarnos que casi todos fuimos Martina, aunque ya se nos haya olvidado. Nunca es tarde.
5 de abril de 2011
‘Saber perder’, realidad viva

Cuando David Trueba recibió el Premio Nacional de la Crítica, el jurado destacó que “no es sólo un cineasta que además escribe”. Doy fe. La novela por la que mereció este galardón, ‘Saber perder’, es un paseo por esas cotidianeidades, aparentemente sin importancia, que, sin embargo, conforman la maravillosa aventura de vivir.
El escritor nos presenta, con una gran sencillez estilística, el retrato de cuatro supervivientes, cuyas vidas están entrelazadas. Son Sylvia, una joven de su tiempo, de nuestro tiempo, de 16 años, esa etapa de la vida en la que nos chocamos con un muro, el de darnos cuenta de que hay algo que no es como nos han contado, la edad adulta deja de ser un sueño idealizado para convertirse en la cruda realidad; su padre, Lorenzo, un hombre separado que intenta reponerse de sus fracasos sentimentales y laborales; su abuelo, Leandro, que busca desesperadamente un clavo ardiendo al que agarrarse cuando todo su mundo se derrumba o, dicho de otro modo, cuando llega la vejez más demoledora; y Ariel, un futbolista argentino, que poco o nada tiene que ver con los jugadores al uso, que llega a nuestro país, con su pierna izquierda como único reclamo.
Los cuatro, sus relaciones, sus anhelos, sus sueños y sus fracasos, repletos de matices, consiguen removernos cuando nos vemos reflejados en lo que un día fuimos, en los que somos ahora, en lo que seremos. Porque todos ellos se colarán en nuestro corazón, gracias a su cercanía, a su realidad, a su verdad, recordándonos que a lo único que estamos expuestos es al devenir de nuestras vidas, que el idealismo nos sirve para hacer nuestra existencia más sencilla. Pero, al final, debemos pisar tierra firme, porque, nos guste o no, la perfección no existe (sería tan aburrido si así fuera). Entonces, como el dolor tiene que llegar, al menos que no nos encuentre desentrenados. Saber perder es eso, no?
31 de marzo de 2011
'Peyton Place', quien lo probó, lo sabe

Como dice el refrán, pueblo pequeño, infierno grande. Quien lo probó lo sabe. Y si lo sabes y cae en tus manos ‘Peyton Place’, de la desafortunada escritora (una cirrosis acabó con ella a los 39 años) Grace Metalious, será difícil que te puedas concentrar en mucho más durante un par de semanas. Quizá porque todos esos avernos en miniatura se parecen demasiado, estén ubicados en Estados Unidos, junto a
En estos tiempos en los que hay tanta tontería disfrazada de modernismo en
Entonces, los lectores no parecían dispuestos a leer en una novela aquello que ponían en práctica, permitían o sufrían en sus falsas y vacías vidas cotidianas: el odio racial, el clasismo, el incesto, el aborto o la corrupción religiosa. El sueño americano a punto de derrumbarse. Así, la leyeron millones, algunos incluso a escondidas, mientras muchos países la prohibían y algún bibliotecario colgaba incluso un cartel en el que se leía: “No tenemos ningún ejemplar de 'Peyton Place'. Si queréis este libro id a Salem”. La autora había buscado la fama y la parábola acaba con sus últimas palabras: “Ten cuidado con lo que deseas, porque podrías conseguirlo”.
Ahora, creo que muchos seguirían sin soportarlo, sobre todo aquellos hipócritas que siguen envenenándose un poquito cada vez que, por accidente, se muerden la lengua. Esos que se aburren (un mal común en los infiernos grandes, digo, en los pueblos pequeños) y que en vez de mirarse el ombligo miran el de los demás, porque carecen de valentía. Por eso, no se atreverían a abrir esta novela. Los demás, los que sí nos atrevemos, tenemos difícil cerrarla hasta llegar al punto y final. Porque la vida, la verdad, la realidad, echa un pulso entre sus páginas a
28 de marzo de 2011
Un genio llamado José Saramago

Con su marcha el mundo se convirtió en un lugar más feo. Él, pesimista convencido, no sabía que a mí, con su presencia, con sus palabras, con su compromiso, me había convertido en una optimista convencida. El ser humano no podía ser tan malo si José Saramago formaba parte de él. El ser humano no podía ser corrupto cuando José Saramago hablaba, tranquilo, sereno, con esa lucidez asombrosa que sólo tienen los genios. El ser humano tenía muchas razones para la esperanza cuando José Saramago aseguraba eso de que “la persona más sabia que he conocido no sabía leer ni escribir”. El ser humano recuperaba la capacidad de amar cuando José Saramago hablaba de su eterna compañera, Pilar del Río.
A veces sigo llorando por alguien que para mí representa tantas cosas… No es sólo uno de mis escritores favoritos, es un referente vital que me ha enseñado tanto sin ni siquiera saberlo… Ya nunca lo sabrá. Pero algún día, dentro de muchos años, les contaré a mis nietos que tuve un abuelo imaginario, que se llamaba José Saramago , un hombre que dejó ciega a
A veces no tengo fuerzas para abrir al azar ‘Ensayo sobre la ceguera’, ‘El evangelio según Jesucristo’, ‘El hombre duplicado’ o ‘Las intermitencias de la muerte’. Eso sí, mirar la estantería y saber que siguen ahí, para siempre, me reconforta. Su legado es infinito. Como mi admiración.
Hasta siempre, maestro.
18 de marzo de 2011
‘La hoja plegada’, una revelación dolorosa

10 de marzo de 2011
'Cien años de soledad'. Sí, quiero

8 de marzo de 2011
Un despilfarro de prosa brillante
