21 de junio de 2012

Maldita ausencia azul

Te espero sin saber muy bien por qué. Guardo tu ausencia. Y desespero. Te necesitaba tanto...


Méteme entre tus brazos y tu pecho. Qué bien huele. Cuídame. Una vez más, por favor, una vez más. Apenas un instante.


Y te espero a sabiendas de que sólo yo puedo salvarme. Tu maldita ausencia azul. La nada.

19 de junio de 2012

En su espejo


Ojalá pudiera mirarme a través de sus ojos. Descubriría mañanas eternos. Ordeñaría mis pechos con ansia, como si en ellos se escondiera el manantial de la eterna juventud. Y mis ojos... Quemándome y deshaciéndome a su antojo. Cuencas vacías llenándose de vida. Esos minúsculos gusanos blancos, asquerosos, volarían lejos. Imposible alcanzarlos. Y mi boca... Pequeña incluso para besar. Piedra de toque de las noches de invierno. Jugaría a retarme. Y ganaría. 

17 de junio de 2012

En el abismo


La ausencia es un abismo. Un vacío en el que no hay nada más que nada. Invento que te recuerdo. Pero tus ojos verdes se desdibujan dentro de mí. Se diluyen entre recuerdos inventados que llenan vacíos abismales. Idealizo tu yo ausente. Me miento. La única certeza es que ya no estás. Y que si salto al abismo, me encontraré con la nada que me diluye en tus pupilas. 

7 de junio de 2012

Hasta siempre




Recuerdo que cuando era pequeña no quería crecer. Deseaba con todas mis fuerzas quedarme para siempre, chiquitita, en esa cama cubierta de peluches, capaz de convertirse en tren cada tarde. Tan bien escenificaba mi papel de dama importante en el Orient Express y tantas cosas fascinantes inventaba para ella que no me quedó más remedio que decidir, en secreto, que si Peter Pan no lo remediaba, sería escritora y actriz. No pudo ser, o no quise que fuera, así que la única manera que se me ocurrió de estar cerca de esos a los que miraba con admiración fue convertirme en periodista.

Recuerdo cuando el Periodismo era un sueño que me impulsaba a moverme, a sacar mejor nota en las Matemáticas de 2º de BUP, a madrugar para declinar en Latín en 1º de Bachillerato, a alimentarme de manera decente durante la Selectividad, a sacrificar un verano de borrachera haciendo prácticas en una tele local…

Recuerdo la primera vez que entré en la redacción de El Mundo. Me hacía gracia autodenominarme becaria. El primer día, pensé que jamás aprendería a utilizar el Dreamweaver. Pasaron los meses y aquella mesa de la calle Pradillo se convirtió en mi segunda casa. Guardo un especial cariño a los cigarros, miles, compartidos con el becario que se sentaba a mi lado. Ese que me gustó desde el primer momento, porque leía y para él la Literatura era mucho más, era prácticamente su vida entera. Al fin y al cabo, no estaba sola tampoco en eso.

Recuerdo el día que se acabó la beca, un año después. Mi hermano celebraba su cumpleaños y yo tenía una disgusto tan grande que, antes de llegar al restaurante, tuve que parar a vomitar en un bar horrible de la calle Fuencarral.

Recuerdo sentirme unos meses bastante perdida, me pasé al lado oscuro y probé suerte en una agencia de comunicación, pero no habían transcurrido ni dos días cuando descubrí que aquello no era lo mío. Y sonó el teléfono. Querían hacerme una entrevista en Recoletos y yo pensé que qué bonito sería trabajar en una empresa con nombre de paseo. Apenas unas semanas después, volví a llamar a las puertas del Periodismo, que, gustoso, me las abrió de par en par.

Recuerdo Gaceta Universitaria. Las informaciones aburridas sobre las universidades de Norte y Levante. Qué tiempos! Marta, Maite, un poco después, Lourdes, Carolina y, por supuesto, Raúl. (La de carcajadas que me robó Raúl... Me las seguirá robando, seguro!) Los mails descontrolados que volaban de ordenador a ordenador poniendo verde a una mala compañera de cuyo nombre no quiero acordarme. Los jueves de cierre. Las miles de páginas que había que cerrar. Las confidencias en la escalera. Alguna que otra borrachera. La sensación de ser joven. Las ganas. La noticia de que la sección de cine era mía. Una entrevista a Alberto San Juan. Un cinefórum de una película de Almodóvar. Sentir la ilusión en el estómago. Estar viva.

Recuerdo la reunión en la que nos informaron de que Unidad Editorial absorbía Recoletos. Decir adiós a aquella redacción de locos que, en el fondo, se querían y se odiaban a partes iguales. Y volver a entrar en la redacción de El Mundo, que ya no estaba en Pradillo, sino en la otra punta de Madrid. El reencuentro con algunos compañeros. La falta de luz.

Recuerdo el último número de Gaceta Universitaria. Ni siquiera esperaba que con él se muriese una publicación de la que no hacía mucho habíamos celebrado su 18 cumpleaños con una noche de las que no se olvidan. Me pidieron que me fuera de vacaciones y volviese en agosto para trabajar en UVE, sólo por un mes. Llegó Anika y me firmé una contra hablando de Justin Bieber.

Recuerdo septiembre. A Isabel, a Rebeca, a Sara. Un equipo de cuatro mujeres. Un gran equipo. Cuántas risas. Y ese reportaje elaborado a ocho manos con un titular horrible, ‘Conductores letales’. Después… Bueno, lo de después terminaré olvidándolo, pero no tiene nada que ver con ese sueño que me impulsaba desde pequeña.

Ahora miro hacia delante y el futuro se ilusiona. Veo un camino de brillantes baldosas amarillas y me veo a mí, con tacones rojos, haciendo “chas chas”. Y mi sueño ya no es el mismo. Ahora se trata de ser feliz. 

29 de mayo de 2012

April Wheeler


La culpa es de Richard Yates, que me dejó en estado de shock con ‘Revolutionary Road’, un drama del que no he podido desprenderme en los últimos tres años. Desde entonces tengo a April Wheeler en el hombro, haciéndome reflexionar sobre nuestras vidas irremediablemente vacías.

Esta novela atiza fuerte al lector, porque precisamente habla de nuestros ideales. Habla de mí. Encontrarme a mí misma negro sobre blanco me produjo una fuerte conmoción, haciendo cierto ese dicho de que hay libros que te cambian la vida. Habla de mis sueños. De mis frustraciones. De mis ansias de vivir la vida como si importara, aunque parezca que estoy loca de atar. De mi hipocresía. De mis miedos, porque hace falta mucho valor para tener la vida que uno quiere. De mi anhelo de liderar una revolución desde el mismo fondo del corazón, aunque sea consciente de que sería una revolución imposible. O quizá no.

Gracias, April. Sin ti no habría podido. Ahora miro hacia delante y el futuro se ilusiona. 


Y la literatura volvió a hacer magia. 

21 de mayo de 2012

Aquella noche...


Recuerdo esa sensación de estar viviendo una historia que no me pertenecía. 
Sólo tenía 26 años.

Amaneció. 
La ciudad no estaba destruida.
Cuánto sinsentido! 

17 de mayo de 2012

Estigmatizada


Llevaba el sabor de tus besos sobre mis labios. Tomé la costumbre de morderlos y lamerlos hasta agrietarlos. Sobre todo en invierno.

Llevaba el olor de tu nuca pegado al cuello. Jamás humedecí con perfume suavemente mis clavículas.

Llevaba la marca de tus manos alrededor de las costillas, agarrándome fuerte. Hiperventilaba. 

Tus estigmas adornaban mi cuerpo, pero no fui capaz de percibirlos hasta que te encontré. 

7 de mayo de 2012

Cama



A veces muerdo la almohada cuando la madrugada es fría y la soledad me aplasta hasta herirme de gravedad. Muerta de pena. A veces estrujo las sábanas entre mis puños cuando mi cuerpo está caliente y el tuyo me llena de gozo. Muerta de placer. A veces prescindo de la almohada, me quedo con tu pecho, y de las sábanas, tus brazos me rodean para templarme. Me mata el amor. 

14 de marzo de 2012

Aquel beso



Se acabó aquel beso y había que inventar a qué jugar. Ahora acaricio tu pecho con el dedo índice de la mano izquierda  esquivando quizás. Ahora me respiras buscando aroma a canela, a frambuesa, a certeza. Pero ya no huelo a diosa. Solo a mujer. Aquel beso tendría que haber durado un millón de años. 

24 de febrero de 2012

Wendy



Desde el día que el Principito murió entre mis brazos,
Peter Pan no ha vuelto a visitarme de noche.


Wendy ha envejecido con un dedal clavado en el pecho.