28 de enero de 2014

Mis manos, a veces, no fueron manos. Eran nudillos. Y me gustaban. Me gustaba tocarlos y sentir sus huesos. Huesos perfectos apenas sin carne que vomitar. Eran muñecas empuñadas que me torturaban. Me torturaban y me daban placer al mismo tiempo. Un placer irracional, enfermo, desde las manos. La enfermedad de mis manos que se deslizaban por cuerpos extraños. Para sentir algo, aunque fuese asco. 

17 de enero de 2014

Un momento congelado en el estómago.
En el estómago vacío. En el vacío del estómago, 
vacío de palabras,
de jugos, de animales, de deseo.
Ni fuerza para vomitar las imperfecciones.
Ni nada.

Como tener el corazón entre las manos y que la sangre se deslizase por mis brazos.
Como un siniestro sacrificio. 

11 de enero de 2014

Fantaseo con la idea de desaparecer desde las puntas de mis dedos. Mojados. Tan mojados como tú y yo cuando éramos felices, o jugábamos a serlo, ya no lo sé. La felicidad es no tener frío ni miedo, si es que ambas cosas no son la misma, pero yo nunca dejé de tener ninguna, porque yo tenía miedo a ese no tener miedo que me provocaba tu lengua dentro de mi boca. Y tiritaba. 

7 de enero de 2014

No tengo ganas de resucitar. Me quedo aquí, donde nadie duele ni mis huesos lloran imperfección, No tiene piel, ni sangre, ni venas, ni nada... Son sólo huesos. Y ya no hay curvas donde enterrar cadáveres que se empeñan en hablar de amor. No tengo ganas de morir. No tengo ganas de resucitar. No me hables de amor.