25 de octubre de 2013

No es que fuéramos jóvenes, es que éramos tres y todavía pensábamos que la vida no podría vencernos. Tú, yo y el amor. Y, por las tardes, Lou Reed. Mirábamos el mundo sólo en dos colores. “Que se joda el gris”, decíamos. Y después nos besábamos. Siempre nos besábamos. A veces leíamos poemas en voz alta, a gritos, y olía a incienso. Otras te dejaba hacer poesía sobre mí. Nos gustaba Leopoldo María Panero, bebíamos como Bukowski y nos masturbábamos en los atascos. Y no, no éramos unos niñatos. Sólo jugábamos a ser niños en cuanto se apagaba la luz. 

22 de octubre de 2013

Tiendo la ropa en un cuarto gris teñido de rosa. Huele a suavizante. A humedad. A una mezcla de tú y yo cuando éramos tú y yo. Los cristales están empapados, fríos. Me hipnotizan. Es como si estuvieras bailando a mi alrededor. Pero no cabes. Te quiero (aquí). Cerca. Dentro. Que vuelvas a ser lluvia. Y me mojes.

21 de octubre de 2013

No es fácil caminar bajo las farolas naranjas de esta ciudad. Ni de ninguna otra. Leer los periódicos. O mirar al cielo buscando aquello que se esconde en las alcantarillas llenas de barro y orines. No es fácil hacerte el amor estrellándome en tu sexo. Ni el sexo con amor. No hay brújula que me coloque en el sitio adecuado. Y ya no hay tiempo. 

17 de octubre de 2013

El día que me dijiste que nos apuntáramos al gimnasio, que sólo estaba a cinco minutos en coche, pusieron andamios en la fachada del bar donde nos besamos por primera vez. De pronto eras tan extraño... Sabía que te tirabas a otras, pero eso nunca me había importado. Me daba morbo imaginar que a ellas les hacías lo que no te atrevías a hacerme a mí. Sólo las utilicé como excusa para largarme. Entré en aquel bar y brindé por lo que nunca fuimos.

1 de octubre de 2013

Y ya ni siquiera me acuerdo de cuándo fue la última vez que encendimos la noche. Solíamos saltar los charcos como kamikazes armados con botas de agua rojas y un sombrero que volaba hasta el barro. ¿Te acuerdas de aquellas canciones? ¿De que siempre era abril? Jugábamos a lanzarnos la pelota como si tuviéramos un perro canela y blanco, como si siempre fuese verano. Nos hacíamos el muerto en el mar hasta que nos daba un ataque de risa y tu garganta sabía a sal. Me mirabas tan serio a veces, hasta que te decía que eras un idiota. ¿Qué has dicho, que soy un idiota? Y volvías a lanzarme la pelota y nos inventábamos un perro y nos inventábamos que había margaritas y nos inventábamos la vida. Y nos cogíamos fuerte de la mano, hasta hacernos daño. Y nos metíamos en la cama y nos clavábamos las uñas, hasta hacernos daño otra vez. Y dormíamos con los meñiques de los pies entrelazados. Y siempre era abril. Y siempre sonaban aquellas canciones. Y siempre nos acompañaba aquel perro inventado.  Y ya… Ya ni siquiera me acuerdo de cuándo fue la última vez que encendimos la noche.