25 de septiembre de 2013

A veces me quedo varada en esa parte de tu vida en la que no existo. Y miro a mi alredor, pero no me encuentro. No soy esa chica serena de mechas rubias y libros de antiayuda en la mesilla. Ni la comida con sus padres los domingos. Ni el aperitivo con los amigos de toda la vida de nueve a dos. Me pregunto, a veces, cómo será. Despertar a tu lado con la nuca sudada y los dientes sin lavar. El pelo revuelto y dolor de cabeza. Pero no consigo imaginarlo. No sirvo. Yo soy tu chica de cinco a ocho. La que te acaricia por debajo de las mesas en bares oscuros y poco céntricos. La que podría pasar por tu hermana pequeña, aunque sea mucho más madura y sea la única cuerda en este dos contra el mundo sin sentido. La que se abandona y coge un taxi a las cuatro de la mañana para que le regales dos horas de tu tiempo en una buhardilla que huele a pan antes de que te duches para no oler a mí cuando te acuestes con ella. ¿De veras no te sientes mal? A mí me encontraste en la calle y sabes que no te voy a querer nunca. 

18 de septiembre de 2013


"Cuando tengas ansiedad, aprieta la mano y relaja. Aprieta la mano y relaja. Es muy sencillo".

Era sencillo.

Ya no se fabricaba Miolastán y España se moría.

Era España teñida de azul en la que los asesinatos se disfrazaban de suicidios. Esa España de marca blanca con los ladrillos apilados en una esquina. Esa España de hambre de todo menos de patatas que se alimentaba de fútbol, pan y circo. Esa España que apestaba a la mierda de los enfermos inmigrantes que ya no tenían derecho a estar sanos. Esa España emigrante que huía de las gaviotas como en una película de Hitchcock. Esa España en la que un niño valía más que otro y en la que no era lo mismo llamarse Javier que Teresa. Esa España apática y cobarde. Esa España en la que se agachaba la cabeza a la orden no fueran también a suicidarnos.

Cierro el puño derecho y lo aprieto tanto que me clavo las uñas y sangro.

Al menos eso, sangre en las venas