21 de junio de 2013

Verano, otros veranos

La playa de Oyambre cuando todavía no hacía falta el factor de protección 50 y cenar rabas todas las noches en el camping cuando me daban igual las calorías. Una furgoneta reconvertida en casa para cuatro.

Las excursiones al Serrón Negro y, al alcanzarlo, pegar un grito tan fuerte que retumbara en todo el pueblo. Y ya. Ya todo estaba bien. Ni lexatín ni diazepán, pegar un grito. Así de fácil.

El frontón, punto de encuentro desde por la mañana, cuando acababa Heidi. Y, si era lunes, todo olía a aceitunas, y a pepinillos.

Los petardos, los padres inconscientes que compraban petardos a los niños en las fiestas de Valdecastillo. Y aprender a hacer el dragón a escondidas. Y quemarme el pulgar y meter el dedo en el río para que nadie se diera cuenta y que no dejaran de ser inconscientes, que fueran un poco niños, como nosotros.

Las vacas, salir de paseo cada tarde con las vacas, esperar ocho horas el parto de una de ellas y darle el biberón a la jatina. La leche de las vacas recién cocida que siempre se salía de la cazuela. Y esos gritos de “la leche!! la leche!!” todas las noches. Sin falta.

Los primeros besos que sabían a kalimotxo y a aprender a fumar, los besos que te dejaban los labios rojos sin necesidad de carmín.


La BH rosa. De aquella bici me caía una y otra vez, porque entonces no le tenía miedo a nada y la muerte no era una posibilidad. Ni siquiera existía. Todavía guardo las cicatrices de esas costras en las rodillas que se reabrían verano tras verano. Ahora ya no, ahora si me caigo no es literal. Y duele más. 

1 comentario:

  1. Qué bonitos recuerdos. Qué felicidad haberlo vivido. Hay que dar gracias por todo eso, porque eso te ha hecho ser quien eres!.

    Mua,

    Kus

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