28 de junio de 2013

Llevo un nombre común en una ciudad común. La globalización se ha encargado de hacerlas iguales. El centro comercial, las carreteras de circunvalación, un Starbucks en la esquina, la tienda de chinos enfrente de casa y El Corte Inglés. A veces voy al médico, cuando tengo fiebre o vomito angustias. La terapia la dejé cuando tuve que aprender qué es eso de llegar a fin de mes. No llego. No sé si alguna vez llegaré. Me da igual. He sufrido como nadie y he reído como nunca y, a veces, me he creído tan asquerosamente especial que he pensado que ni esta ni ninguna ciudad me merecía. El tiempo pasa, pero si cierro los ojos todavía soy Wendy. Soy Wendy en una parque con tobogán en forma de elefante. Soy Wendy con baby de rayas rojas y leotardos siempre rotos. Soy Wendy entre sus brazos. Entre sus piernas soy otra cosa. Entre sus piernas soy suya. Y me diluyo. Pero vuelvo a cerrar los ojos y sigo siendo Wendy. Puede que nunca me acostumbre a tener más de 30 años ni a que esta ciudad sea ahora igual que las demás y ya no haya toboganes con forma de animal. Puede que odie toda mi vida los centros comerciales y que la tos vaya a más, que nunca haya sido especial y que nunca lo sea. Me da igual. Tampoco aprenderé qué es eso de llegar a fin de mes. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario