2 de marzo de 2013

Cae el telón

Soy la palabra que no se pronuncia. El punto y la coma que se resbala. Un beso con puntos suspensivos y un orgasmo, o dos, con diéresis. Un paréntesis de apertura, uno de cierre y en el medio un punto, mi clítoris. Soy una mujer sin guión. Tu punto y final y seguido, su punto y aparte. Mis dos puntos. Fin del primer acto. La tilde en el pezón izquierdo, una letra compuesta en el derecho. La negrita en las pestañas. Y cuerpo en minúscula y cursiva. Tinta en la piel.  Una pe, una i. Tu epílogo, su prólogo. Una nota a pie de página. Monólogo interior. Cae el telón.

1 comentario:

  1. Ahora que, con la excusa de la crisis económica internacional, se están resucitando proyectos de gobierno y legislación supranacionales e incluso internacionales, conviene recordar por qué ni siquiera el más antiguo de ellos puede cumplirse.

    Los Derechos Humanos adolecen fundamentalmente de un problema de contradicción. Sólo se admite en el siguiente sentido: "Si hay un conflicto entre dos derechos o dos generaciones de derechos, ¿cuál debe prevalecer?" Normalmente la respuesta es una defensa de la no-jerarquía. Sin embargo, esta forma de plantear el problema es sumamente tendenciosa: los derechos de la segunda generación (económicos, sociales y culturales) y tercera generación ("solidarios") chocan frontalmente con los de la primera generación (los civiles y políticos, de corte liberal), no a veces, sino siempre, por pura lógica.

    Toda formulación jurídica se ancla y se construye sobre la base tácita de una teoría "científica", básicamente económica. No es honesto pretender que únicamente con la supuesta deseabilidad de los Derechos Humanos éstos van a cumplirse mágicamente: la dificultad ciertamente es política (simplemente, hay países que se niegan a aplicarlos; precisamente por el alto coste de la injerencia humanitaria, que es el fin de acuerdos comerciales y políticos o simplemente el estallido de un conflicto bélico inconveniente), pero la imposibilidad es ontológica.

    Ni siquiera si todos los países se pusieran de acuerdo los Derechos Humanos podrían cumplirse. Por ejemplo: para garantizar (positivamente, como les gusta a los intervencionistas) el derecho a una "vivienda digna" para todos los habitantes del mundo, no bastaría con la voluntad, sino que habría que producir y distribuir desde arriba las viviendas, cosa imposible en dos sentidos: en un sentido puramente jurídico (por la contradicción con el derecho a la propiedad privada y otros derechos individuales) y, sobre todo, en un sentido económico: es imposible producir y distribuir eficientemente (esto es, conforme a las preferencias de los implicados) sin el libre desarrollo de la función empresarial, sin la coordinación que ésta posibilita y por tanto sin un sistema de precios reales y no inventados.

    Esto nos lleva a una conclusión: más allá de la "deseabilidad" (ética o moral), que, si bien puede existir, no se puede "discutir", porque son preferencias, deseos y opiniones totalmente subjetivas sobre lo que es lo natural y lo deseable, está el criterio de la eficiencia, un criterio verdaderamente objetivo (a no ser que rechacemos las evidencias del método científico, como los soviéticos) con el cual han de juzgarse todas las formulaciones jurídicas. Es el caso de la Declaración de los Derechos Humanos: si se garantizaran todos, no se garantizaría ninguno, porque unos cancelarían a los otros y porque se basa en una teoría económica absolutamente incorrecta.

    Como vemos, el elenco de derechos que proponemos los liberales es superior a cualquier otro porque son realistas: no se contradicen entre sí y permiten que se garanticen todos: se basa en la lógica y en la eficiencia. El capitalismo es el único sistema que ha demostrado poder crear riqueza masiva e indiscriminadamente, lo cual se traduce en un aumento generalizado del nivel de vida y del bienestar que voluntariamente los individuos persiguen.

    No dependemos, por tanto, de la "deseabilidad" o de la "naturalidad" de lo que proponemos, al contrario que otras ideologías. Tenemos los pies en la tierra: la validez que otros pueden reconocernos no está en los principios metafísicos, sino en los científicos, campo en el que todo el mundo, si es honesto, acepta los mismos criterios de corrección y verdad. Ahí es donde está la superioridad del liberalismo: en la realidad.

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